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16 de septiembre de 2026 · 7 min de lectura

El origen del sufrimiento humano

El origen del sufrimiento humano

Si estás leyendo esto, es muy probable que vivas en un país desarrollado donde tus necesidades más básicas, como comer, dormir bajo un techo y contar con el apoyo de gente que te quiere, estén cubiertas. Seguramente tengas a mano todo tipo de facilidades para vivir una vida relativamente cómoda, o al menos lo suficientemente liviana como para no tener que preocuparte constantemente por tu supervivencia. Con suerte, probablemente tengas también la oportunidad de disfrutar de momentos de ocio y viajes de vez en cuando, que te permiten desconectar del trabajo y coger un poco de aire antes de volver al ruedo.

Aun así, es posible que a diario experimentes cierto malestar psicológico: emociones desagradables en momentos inoportunos, pensamientos obsesivos sobre el pasado o el futuro que te generan tristeza o ansiedad, y comportamientos que se alejan de lo que te gustaría que significase tu vida. Puedo imaginarte tomando el sol en una playa paradisíaca del Caribe, rodeado de los estímulos que consideras más satisfactorios y placenteros, y aun así estar atrapado por una red de pensamientos que te transportan a situaciones o estados que preferirías no estar experimentando.

¿Cómo es posible que, aun teniendo muchas de las cosas que nos han prometido que otorgan la felicidad, sigamos sintiéndonos tan desgraciados en muchos momentos del día?

El lenguaje y nuestra capacidad para anticipar

Los seres humanos compartimos con el resto de animales muchos mecanismos destinados a detectar amenazas, escapar del peligro y acercarnos a aquello que resulta beneficioso. Sin embargo, nuestra capacidad lingüística añade una peculiaridad importante: podemos reaccionar ante acontecimientos que no están ocurriendo aquí y ahora.

Para explicarlo de una manera resumida, cuando un animal no humano se encuentra con una situación que le resulta aversiva, puede tratar de escapar o evitar ese estímulo. Una gacela, por ejemplo, seguramente experimente una respuesta de estrés al detectar cómo se aproxima un depredador empeñado en cazarla. Esta respuesta, que a priori consideraríamos poco deseable, impulsa al animal en peligro a correr lo más rápido posible para conservar su vida. Una vez que el peligro ha desaparecido, muchas de las respuestas fisiológicas y conductuales asociadas a la amenaza tenderán a disminuir y el animal podrá volver a dedicar su comportamiento a otras actividades.

Por suerte o por desgracia, los humanos funcionamos de una manera un poco diferente. Para explicarlo, es necesario mencionar una de las capacidades que más profundamente ha transformado nuestra forma de aprender, cooperar y transmitir conocimiento: el lenguaje.

El lenguaje o actividad simbólica, tanto en forma de sonidos como de gestos, dibujos o formas escritas, nos permite establecer relaciones entre acontecimientos que no están necesariamente presentes al mismo tiempo. Por relacionarlo con el ejemplo anterior, gracias a esta habilidad, los humanos podrían transmitir al resto de la tribu que es mejor no adentrarse en un pantano donde hay cocodrilos, ya que puede ser peligroso.

Dicho de otra manera, gracias a las palabras podemos aprender sobre las consecuencias de determinados acontecimientos sin tener que experimentarlas directamente. Si alguien nos advierte de que un determinado lugar está habitado por cocodrilos, podemos evitarlo sin necesidad de llevarnos el susto de ser atacados para descubrir que quizá no sea buena idea sumergirnos en esa agua.

En otra publicación profundizaremos más sobre las teorías que explican cómo se ha desarrollado esta capacidad y de qué manera funciona. Por ahora, podemos quedarnos con la idea de que gracias al lenguaje las personas podemos anticipar sucesos, recordar acontecimientos que ya han ocurrido, comparar situaciones y establecer relaciones entre experiencias del pasado, del presente y del futuro.

Este proceso psicológico es enormemente funcional a la hora de solucionar problemas y, además, es algo que evolutivamente ha resultado útil para nuestra especie. Sin embargo, paradójicamente, las mismas funciones relacionadas con nuestra capacidad para aprender, anticipar y resolver problemas pueden contribuir también a nuestro sufrimiento psicológico.

El lenguaje no es, por supuesto, el único origen de nuestro sufrimiento. Pero sí puede ayudarnos a entender una de sus características más particulares: podemos reaccionar emocionalmente ante acontecimientos que no están ocurriendo en el momento presente.

Cuando el problema ya no está fuera

Por ejemplo, podrías estar en un jardín precioso, rodeado de amigos a los que quieres, con tu comida favorita disponible y la temperatura perfecta, y acordarte del fallecimiento de un familiar cercano, ya que no estás pudiendo compartir un momento tan bonito con esa persona. O, teniendo todas las necesidades básicas cubiertas, podrías comparar tu casa con la del vecino y estar disgustado porque has aprendido a relacionar la posesión de riquezas con tu propia valía como persona. Incluso podría darse el caso de que experimentes un fin de semana estresante anticipando posibles resultados indeseados de una reunión de trabajo programada para el lunes.

En todos estos ejemplos, puede que no exista un problema inmediato que necesites solucionar en el momento que estás viviendo. Sin embargo, nuestra mente puede hacernos reaccionar emocionalmente ante acontecimientos que simplemente estamos recordando, imaginando o anticipando. Podemos experimentar miedo ante un peligro que todavía no existe, tristeza ante una pérdida que ocurrió hace años o ansiedad ante una conversación que tendrá lugar dentro de unos días.

Cabe destacar que el dolor es una parte inherente de la vida. Todos vamos a experimentar situaciones que, a priori, preferiríamos evitar. Si vives lo suficiente, seguramente pases por duelos tras el fallecimiento de seres queridos, tendrás que vivir experiencias estresantes relacionadas con tu carrera profesional y experimentarás de primera mano enfermedades e incluso tu propia muerte. Es el coste que hay que pagar por transitar la vida.

De hecho, aunque probablemente nos gustaría que fuese distinto, no hay nada necesariamente malo en experimentar dolor, ya sea físico o psicológico. El dolor forma parte de nuestra experiencia y, en muchas ocasiones, cumple funciones importantes.

El intento de escapar del malestar

El problema aparece cuando aplicamos nuestra estrategia habitual de resolución de problemas a experiencias que no podemos eliminar de la misma manera.

Los animales hemos desarrollado mecanismos para evitar o escapar del dolor y acercarnos a aquello que resulta placentero o beneficioso. Tiene sentido que sea así: estas conductas han contribuido a aumentar las probabilidades de supervivencia de los individuos y, por tanto, de sus especies.

Pero para el ser humano, escapar de determinadas experiencias dolorosas puede resultar especialmente complicado debido a nuestra capacidad de reexperimentar acontecimientos indeseados a través del lenguaje o la actividad simbólica.

Podemos intentar escapar de una situación física y alejarnos de ella. Pero ¿qué ocurre cuando aquello de lo que queremos escapar está dentro de nuestra propia mente?

Paradójicamente, intentar controlar deliberadamente determinados pensamientos y emociones puede resultar contraproducente. Si te digo que no pienses en una serpiente venenosa que se está acercando para atacarte, es difícil que las palabras que te dices no generen precisamente la imagen de aquello que estás intentando evitar.

Y, más allá de los propios pensamientos, podemos empezar a llevar a cabo constantemente conductas dirigidas a eliminar nuestro malestar. Podemos evitar determinadas situaciones, conversaciones o lugares, distraernos constantemente, buscar seguridad o tratar de conseguir que nuestras emociones desaparezcan antes de hacer aquello que realmente nos importa.

El problema no es que intentemos sentirnos mejor. El problema aparece cuando la lucha por no sentir determinadas emociones o no tener determinados pensamientos empieza a ocupar tanto espacio que dejamos de entrar en contacto con situaciones que consideramos importantes o valiosas.

Intentar eliminar constantemente al depredador de tu mente puede hacer que dejes de disfrutar de los estímulos de ese jardín precioso del que hablábamos antes.

Una relación diferente con nuestra experiencia

Por suerte, existen maneras de desarrollar una mayor flexibilidad psicológica y de cultivar una relación distinta con nuestra actividad simbólica. El objetivo no consiste necesariamente en conseguir que nuestra mente deje de producir pensamientos desagradables, ni en evitar para siempre las emociones difíciles. Probablemente eso sea imposible.

El desafío puede estar más bien en aprender a utilizar el lenguaje como una herramienta, en lugar de vernos atrapados constantemente en sus redes. Aprender a observar un pensamiento como un acontecimiento mental, en lugar de asumir automáticamente que tenemos que creerlo o actuar de acuerdo con él, puede abrir un espacio entre lo que aparece en nuestra mente y lo que hacemos a continuación.

Y aquí es donde prácticas como el mindfulness y el yoga pueden resultar especialmente interesantes. Cuando prestamos atención a la respiración, al cuerpo o a una postura, podemos experimentar que un pensamiento puede aparecer sin que tengamos que seguirlo, y que una emoción puede estar presente sin que tengamos que convertirla inmediatamente en un problema que debemos solucionar.

La práctica no consiste necesariamente en hacer desaparecer aquello que nos incomoda, sino en aprender a relacionarnos de otra manera con nuestra experiencia interna y volver nuestra atención hacia aquello que realmente importa.

Poco a poco iremos desgranando estos conceptos y explorando cómo podemos cultivar una relación más flexible con nuestros pensamientos, emociones y experiencias.

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